Por qué el desamor se escribe en partituras

noviembre 27, 2011 en Biología, Creatividad, Formacion por José Manuel Sáinz

Rick: “La tocaste para ella, tócala para mi”
Sam: “Bueno, es que no la recuerdo….”
Rick: “Si ella la resistió, yo también ¡Tócala!”

Diálogo entre Rick y Sam en la película “Casablanca” (1942)

"As time goes by..."

Piénsenlo por un momento. Si eliminásemos de la historia de la música las canciones que hablan de desamor ¿Qué nos quedaría?

Desaparecerían géneros completos como el tango (hombre despechado porque ella se fue) la copla (mujer despechada porque el se fue), el blues (mi chica se fue, preferiblemente con otro), el pop donostiarra (lo cual no es necesariamente malo), el country (el rudo vaquero ya no se siente querido) o incluso la ópera (el amor es una tragedia en si mismo). La desaparición del desamor como pretexto musical tendría asociado el ocaso de otras manifestaciones artísticas: nunca hubiéramos conoceríamos a Danielle Steel ni a Corín Tellado, los culebrones o a Meg Ryan, pero no todo sería bueno, nos hubiéramos quedado sin el mejor Shakespeare,  sin el Tal Mahal, sin Scott y Zelda o sin Rick, Ilsa y Laszlo.

Este acto tan propio del ser humano que es revolcarse en su propia miseria emocional puede que tenga una justificación. Y puede que toda la culpa sea de… la prolactina.

¿Qué es la prolactina?

La prolactina es una hormona segregada de manera endógena por el cuerpo humano, especialmente por las mujeres en estado de lactancia y a lo largo del embarazo. También está asociada a otros procesos comunes en ambos sexos, como la inhibición sexual. Sus incremento parece estar directamente relacionado con el periodo refractario tras el coito en el hombre y su alto nivel se asocia con la impotencia masculina.

Recientes estudios realizados por la Escuela Estatal de Música y Centro para la Ciencia Cognitiva de Ohio, tratan de descubrir su participación en otros ámbitos biopsicológicos, especialmente el alivio de la pena y su relación con la música. En su libro The Science of Sad Music, el doctor David Huron establece el vínculo existente entre la liberación de prolactina y a la audición de canciones con un trasfondo melancólico. Para la fase inicial de este estudio se usaron ‘Adagio for Strings‘ de Samuel Barber, ‘Wicked Game‘ de Chris Isaak y ‘Apollo: Atmospheres and Soundtracks‘ de Brian Eno. El incremento de los niveles de esta hormona al escuchar estas tres canciones en los individuos que formaban parte de la muestra era más que significativa .

Las conclusiones derivadas del estudio establecen que existe una tipología de personas “adictas” a dicha hormona que son tendentes a escuchar una música digamos “triste”, así como otro grupo de población carente de ella que evitan armonías melancólicas. El título del artículo que dio a conocer estas conclusiones formula una interesante pregunta: ¿Estamos adaptados a la música o somos adictos a ella?

Detrás del proceso hormonal

Lo que sucede detrás de este proceso meramente biológico es de lo más interesante. Rememoramos una vivencia propia que tenemos anclada en nuestro consciente con el fin de producir la prolactina que aliviará nuestro dolor. Sin embargo, la corteza, la parte consciente del cerebro, enviará señales a la estructura subcortical recordándonos que esta situación no se está produciendo de manera real. Nuestro consciente crea una situación de dolor controlada destinada a engañar a nuestro cerebro para que nos produzca una sensación de bienestar asociada a la producción de prolactina sin que se produzca un daño psicológico.

Forzamos el sentirnos mal para poder sentirnos bien. No me digan que el ser humano no es maravilloso.

Cómo nos dopamos con las sustancias generadas por nuestro cuerpo

Engañamos frecuentemente a nuestro organismo con el fin que genere una cantidad más alta de lo habitual de determinadas hormonas que nos provocarán algún tipo de satisfacción. Una de las más prácticas más comunes es crear un riesgo controlado para fomentar la segregación de adrenalina, una sustancia muy útil en una situación de enfrentamiento o huida, pero que en, por ejemplo, una atracción de feria, sirve para provocar una sensación de euforia dentro de un peligro controlado.

Otras actividades como el sexo o el ejercicio físico nos hacen generar endorfinas, testosterorna o dopamina, hormonas asociadas al placer. La satisfacción que encontramos en determinadas actividades está directamente vinculada a los niveles o a la carencia de ciertas hormonas en nuestro organismo,  y, en la mayor parte de las ocasiones, estos niveles determinan los procesos psicológicos asociados al bienestar del individuo. La siguiente pregunta parece necesaria.

¿Por qué aprendemos?

¿Qué procesos hormonales y psicológicos se encuentran asociados al aprendizaje?

Déjenme que lo desarrolle de manera más extensa en el siguiente post.